Uno
de los aspectos más ásperos en las discusiones sobre el desarrollo
es el que concierne a la financiación. Está claro que es necesario
invertir en “fierros”, en maquinaria e infraestructura para
fomentar la producción. Salvo que el modelo a seguir sea India y
sólo interese el software y Bolliwood (o Pampawood), como decía una
vicepresidenta de hace muchos años.
Para
eso, se necesitan recursos, naturalmente. Y es común que en países
subdesarrollados, emergentes, en desarrollo, periféricos,
dependientes o como quieran llamarles, ese es uno de los talones de
Aquiles. Por eso, la inversión es débil y la brecha frente a los
países desarrollados (o como quieran llamarles) se agranda. ¿De
donde pueden salir, pues, esos recursos?
Una
solución, asumiendo que internamente la acumulación es débil, es
recurrir al “ahorro externo”, es decir, endeudarse o atraer
inversores. El primer camino parecería, luego de nueve defaults y
varias crisis de la deuda intermedias, una alternativa muy riesgosa
para Argentina. El segundo camino, atraer inversiones, implica
generar condiciones para que los capitales extranjeros gocen de
rentabilidad extraordinaria y puedan salir cuando se les de la gana.
Por supuesto, todos sabemos como se “construye” la rentabilidad
y, por lo tanto, sería esta una alternativa plausible sólo en
sectores puntuales o bajo condiciones muy particulares.
La
pregunta del millón (o de los 84 millones), es si Argentina
efectivamente carece de recursos suficientes. Desde hace muchos años,
quien escribe estas líneas (y, por supuesto, muchos otros
economistas) viene sosteniendo que el gran problema de muchos países
subdesarrollados en general y de la Argentina en particular no es la
falta de recursos. El excedente que genera nuestra economía no es
bajo. El problema es que se esfuma!